Geometría sagrada

Mario López Vega

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Sobre el artista

Mario López Vega

López Vega como artista es alguien estricto. Dibujando o tallando una piedra, se sumerge en un estado de quietud, como una meditación donde trabaja sus caracteres internos. de ahí surgen sus piezas de una manera impredecible. Con sus obras busca contar diferentes historias, donde su proceso creativo exige un dialogo entre el espíritu y la materia.Su trabajo ha conectado desde el principio lo ancestral con lo contemporáneo.

Sobre la exposición

La Geometría sagrada de Mario López Vega

“La escultura es un deporte de alto rendimiento”, pensó siempre. Y, sí, esta expresión artística demanda mucha fuerza física. No fue casualidad que desde muy joven comenzará a practicar un deporte poco común en su país, la lucha grecorromana, algo que lo prepararía para lo que llegaría después. Allí aprendió que la clave está en no confrontar a la fuerza del oponente, sino en redirigirla, en reorientarla y llevarla hacia los propios objetivos.

Tampoco fue casualidad que su mamá le encargara la compra de las tortillas cuando él era apenas un crío de 6 años. Así conoció a doña Romilia, una señora que se dedicaba a fabricar comales y tiestos de barro, y quedó fascinado con aquel oficio. Fue en esos días, también, cuando se encontró, por el barrio, a otra familia que tenía montado un taller de cerámica sobre una calle con el mismo nombre: “Calle Cerámica”. Ahí se fabricaban tazas, platos, adornos navideños y todo tipo de utensilios comerciales que, luego, se vendían en tiendas locales. Piezas con averías o bloques quebrados eran desechados a diario. Mario los recogía y tallaba sobre ellas nuevas formas. Quizá, esos fueron sus primeros contactos con el volumen. Y, lo que comenzó como un juego, más tarde se convertiría en una pasión por la escultura, pasión que lo llevaría hasta Rusia a estudiar en la escuela de artes aplicadas de Moscú. Y, cómo no, a trabajar en una fabrica de cerámica en esa ciudad. Las casualidades no existen.

Después de la cerámica, el yeso y el barro, llegaron el basalto y el mármol. La experiencia de modelar, tallar, cortar y golpear la dureza de los materiales llenaba ese ímpetu de lucha con una tozuda búsqueda de permanencia y perdurabilidad en la piedra. Esos fueron años de mucha exigencia física. Hasta que, un día, trabajando con un bloque de mármol de más de 6 toneladas, sintió que el cuerpo estaba pidiéndole una tregua, una pausa, se rompió. El colapso físico llegó, tuvo que parar. El dolor parecía indicarle otro camino. “Luchar” dejó de ser una metáfora.

Fue entonces cuando comenzó un viaje de regreso a lo básico, un tránsito del volumen y la materia al plano espiritual. Pasó de la fuerza física a la meditación contemplativa.  Reconectó con las tradiciones indígenas de su natal Panchimalco. Los colores vibrantes y los decorados simétricos de los textiles contrastaban con los tonos marrones y rojizos de la tierra. Reunió, en pinturas y dibujos, pequeños fragmentos de piedras, que bien pueden ser armas o bien pueden ser herramientas; trozos de tela y otros materiales. Círculos perfectamente trazados, unidos por líneas rectas, como planos en construcción o cartografías que revelan una profunda conexión entre pasado y futuro. Como si el artista intentara comprender un enigma matemático, esa retícula invisible que sostiene todas las cosas en el universo. Algo a lo que después llamaría: Geometría sagrada.

Así descubrió una nobleza insospechada en el papel. Apareció el collage y el origami que, más allá de la técnica, es una filosofía japonesa ancestral que consiste en doblar y desdoblar papel, como si de desdoblar el tiempo y el espacio se tratase. Fascinado por el origami, López Vega llevó esta filosofía a la maleabilidad del hierro. Con láminas de acero oxidado creó monumentales esculturas. Seres flotantes que interrumpen el espacio, nos confrontan, nos salen al paso, y parece que nos marcan un camino, como ya lo hicieron los antiguos menhires en la era del errabundeo nómada. Sí, sí, eso son, menhires contemporáneos que no aparecen por casualidad, porque, ya hemos dicho que las casualidades no existen.

Walterio Iraheta, curador

Jucuarán abril de 2026.