
El 8 de mayo de 2026, El Salvador inauguró su primer pabellón nacional en la historia de la Bienal de Venecia. Cartografías del desplazamiento, una muestra individual de J. Oscar Molina en el Palazzo Mora, es el resultado de una decisión institucional del Ministerio de Cultura que coloca al país en el mapa del arte contemporáneo global. Ya no como invitado del Instituto Italo-Latinoamericano (IILA), la vía que históricamente utilizaron los países de la región sin representación propia, sino con un pabellón comisionado, curado y sostenido como política cultural de Estado.

J. Oscar Molina nació en 1971 en la zona del Golfo de Fonseca, en el sur de El Salvador. Creció en la granja familiar con sus padres y ocho hermanos hasta que una bomba impactó en la esquina de su casa durante la guerra civil. En 1989, a los dieciséis años, huyó del país con uno de sus hermanos. Cruzaron Guatemala, México y el desierto de Arizona. En el camino se separaron.
Molina llegó a Estados Unidos sin documentos, sin formación artística y sin una palabra de inglés. Durante los siguientes veinticinco años trabajó en lo que sabía hacer con las manos. A mediados de sus veinte estudió arquitectura, diseño de paisaje y dibujo técnico — formación técnica, no artística, que le dio las herramientas para fundar MOE Masonry, una empresa de albañilería de alta gama en Southampton (Long Island, Nueva York). Cuando superó los treinta años, comenzó a trasladar esa experiencia al arte. No se formó en bellas artes: su técnica escultórica proviene de la combinación entre la formación técnica y los veinticinco años que dedicó a levantar muros, cortar piedra y fundir materiales.
Esa trayectoria no es un dato biográfico decorativo. Es lo que distingue a Children of the World de otras series escultóricas que abordan la migración. Las figuras de Molina no están modeladas — están construidas. El saber del migrante se convirtió en el saber del artista. En 2022 abrió su propia galería en Southampton, y en 2024 exhibió por primera vez la serie completa en la Sala Nacional de Exposiciones Salarrué en San Salvador. Esa muestra fue la que llevó a la Dra. Astrid Bahamond, directora nacional de museos del Ministerio de Cultura, a contactarlo para representar a El Salvador en Venecia.

La serie comenzó como un grupo de pinturas semi-abstractas: siluetas alargadas que se elevan contra cielos de distintas horas del día, líneas de color que ascienden como figuras que buscan algo más allá del horizonte inmediato. Molina ha descrito el origen de estas imágenes como un intento de replicar las siluetas de los migrantes que caminaban delante de él en el desierto de Arizona — personas cuyos rostros no logra recordar.
Con el tiempo, esas figuras bidimensionales saltaron al espacio. Utilizando su experiencia en construcción, Molina comenzó a fundir esculturas en concreto, cobre, bronce y alambre galvanizado. Las piezas oscilan entre la escala íntima y la monumental — algunas apenas superan el metro de altura, otras alcanzan los tres metros. Son figuras alargadas, sin rostro, que se sostienen en equilibrio precario. No representan a un migrante en particular; representan la condición de estar en tránsito.
En los últimos tres años, las esculturas se han exhibido en Estados Unidos, México y El Salvador. En 2024, la instalación en la Sala Nacional Salarrué en San Salvador ocupó el espacio central entre las columnas del recinto. Varias piezas están instaladas de forma permanente en el Museo Nacional de Antropología (MUNA) en San Salvador. Para Venecia, Molina instaló entre quince y dieciocho esculturas en el Palazzo Mora, incluyendo varias en el jardín de entrada del edificio. Cada escultura está acompañada de un código QR que enlaza con testimonios grabados de comunidades desplazadas de distintos países del mundo. Uno de esos testimonios es el del propio Molina: cómo y por qué dejó El Salvador, cómo cruzó la frontera, y cómo el proceso migratorio transformó su vida.

El pabellón está comisionado por la Dra. Astrid Bahamond y curado por Alejandra Cabezas, poeta e historiadora del arte nacida en El Salvador. Cabezas ha descrito la exposición como una indagación sobre cómo la identidad se teje a través del movimiento, la ruptura y la renovación. No se trata de buscar una identidad fija, sino de entender el desplazamiento como condición que acompaña — lo que ella define como una condición ontológica, no meramente geográfica.
La relevancia institucional del pabellón quedó subrayada durante la inauguración con la visita del Vicepresidente de la República, Félix Ulloa, quien recorrió la muestra y reconoció públicamente el trabajo de Molina. La cobertura mediática ha sido amplia: ARTnews, Artforum, Hyperallergic, Infobae y Arte Al Día, entre otros medios especializados e internacionales, han dedicado artículos extensos al debut salvadoreño.
El Palazzo Mora, situado en el distrito de Cannaregio, es un edificio gestionado por el European Cultural Centre que alberga pabellones nacionales fuera de las sedes oficiales de Giardini y Arsenale. No es una sede menor: cada edición presenta allí proyectos de países que ingresan por primera vez al sistema de pabellones nacionales. La Biennale di Venezia confirmó oficialmente la participación de El Salvador en su lista de participaciones nacionales publicada en febrero de 2026, listando a Molina como expositor.
Para un país cuya escena artística ha dependido históricamente de iniciativas privadas — coleccionistas como Mario Cáder-Frech, galerías como Galería 1-2-3, proyectos como Y.ES Contemporary — la decisión del Estado de invertir en un pabellón nacional marca un cambio de registro. Si El Salvador sostiene esta presencia en futuras ediciones — si lo que comenzó como un debut se convierte en estructura —, las implicaciones para artistas, galerías y coleccionistas del país serán tangibles. Las bienales no solo validan: generan atención, abren conversaciones, desplazan percepciones. Lo que Molina ha instalado en el Palazzo Mora no son solo esculturas. Son las primeras piezas de un mapa que El Salvador apenas comienza a trazar en el circuito global.