Palmeras Cansadas

Un proyecto itinerante que llega al Museo MARTE

Staff Galeria 1-2-3
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24.08.2026

Durante los confinamientos de la pandemia, el artista salvadoreño Víctor Hugo Portillo quedó varado en Austria. Con madera reciclada y hojas de plátano construyó palmeras frágiles: objetos que no imitaban la vegetación, sino que la citaban de memoria desde un país donde esa vegetación no existe.

Aquellas piezas dieron densidad a una muestra itinerante que ya estaba en marcha. Las Palmeras Cansadas, concebida por el antropólogo cultural Markus Waitschacher y la historiadora del arte Elisabeth Piskernik, ocupa desde el 29 de julio de 2026 las salas del Museo de Arte de El Salvador y permanecerá abierta hasta el 29 de marzo de 2027. La edición salvadoreña se desarrolla en colaboración con los gestores locales Antonio Romero y Jaime Izaguirre, y reúne a doce artistas de Austria, Marruecos, Corea del Sur y El Salvador.

Un dispositivo que se reescribe en cada sede

La muestra no viaja como paquete cerrado. Su primera versión se presentó en Pavelhaus, en la localidad austríaca de Laafeld, en 2019. Después pasó por Le Cube, espacio independiente de Rabat (2022), y por el Art Sonje Center de Seúl (2024). En 2025 recaló en Maribor, Eslovenia, de la mano de la Umetnostna galerija Maribor.

En cada parada incorpora artistas del lugar y reformula su argumento. Esa mecánica es la decisión curatorial más consecuente del conjunto: una exposición itinerante convencional traslada una tesis y la repite; esta admite que su tesis se lee distinto según dónde se enuncie. La palmera funciona como constante formal, y todo lo demás —quién la mira, desde qué latitud, con qué historia detrás— queda deliberadamente variable. San Salvador no recibe la versión de Seúl ni la de Maribor, sino una construida con materiales locales sobre un andamiaje conceptual compartido.

La escena salvadoreña entra en el marco

El origen está en una paradoja doméstica. En Austria no crecen palmeras, y sin embargo su imagen satura el espacio público: publicidad, cafeterías, decoración comercial. La palmera opera allí como significante de lo exótico, un lugar al que se aspira precisamente porque no está. De esa observación surge la noción de fatiga vegetal que da título a la muestra: la palmera representada hasta el agotamiento como emblema de un planeta igualmente agotado. El cansancio no es del árbol, sino del uso que se hace de su imagen. Es un diagnóstico formulado desde el norte y sobre el norte. La pregunta que la propia exposición se plantea al desplazarse es qué queda de él cuando la palmera deja de ser fantasía y vuelve a ser paisaje.

La respuesta la aportan los artistas convocados en esta edición. Antonio Romero presenta la serie Tropicalia, paisajes construidos únicamente con palmeras, cargados de tensión gestual, que apuntan a la homogeneización de los entornos. Gabriela Novoa trabaja la hibridación entre cuerpo humano y flora. Germán Hernández plantea geografías de tinte distópico. Mauricio Esquivel recupera raíces ancestrales. Ronald Morán recurre al alambre de púas para interrogar el ciclo del agua y la sequía. Ninguna de estas obras ilustra la tesis austríaca: la desplaza. Donde el punto de partida hablaba de una imagen sobrecargada de sentido, las piezas salvadoreñas hablan de territorio, cuerpo, agua y frontera. El cambio de vocabulario es, en sí mismo, parte del contenido de la exposición.

En El Salvador la palmera no promete un destino: forma parte del entorno cotidiano. Al instalarse aquí, la crítica al exotismo pierde su destinatario original y encuentra otro más próximo. Más allá de una lección botánica, la muestra utiliza la palmera como provocación en un momento de expansión turística e inmobiliaria, donde la imagen de la naturaleza se emplea con frecuencia como argumento comercial. El greenwashing —el uso de un lenguaje ecológico para legitimar operaciones que no lo son— no es un fenómeno importado, y una sala de museo que lo nombra a partir de una imagen tan familiar obliga a mirar dos veces algo que suele pasar inadvertido.

Queda abierta una cuestión que el propio formato itinerante hace inevitable: cuánto de la lectura local logra modificar el marco de origen, y cuánto se acomoda dentro de él. La colaboración con Romero, con Izaguirre y con los artistas convocados sugiere que la respuesta se ha buscado por la vía de ceder autoría, que es la forma más concreta de responder.

Una imagen que ya no es decorado

La alianza que sostiene el proyecto —el MARTE, el Foro Cultural Austríaco y el espacio independiente Le Cube— traza además un circuito poco habitual, que conecta San Salvador con Rabat y Seúl sin pasar por los centros de validación de costumbre. Su aportación más duradera quizá no esté en las obras individuales, sino en haber convertido un elemento del paisaje en un objeto discutible. Después de esta muestra, la palmera de una valla publicitaria y la palmera de una ventana dejan de ser la misma cosa.

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