
La Fundación Paiz nombró a Cuauhtémoc Medina curador de la 25.ª Bienal de Arte Paiz, que se celebrará entre noviembre de 2027 y febrero de 2028 en Antigua Guatemala y Ciudad de Guatemala.
Medina, nacido en Ciudad de México en 1965, es crítico, curador e historiador del arte. Su nombre circula en el circuito internacional desde hace dos décadas asociado a proyectos densos: bienales con aparato de investigación detrás, exposiciones que cruzan arte histórico y contemporáneo, catálogos concebidos como libros.
La designación llega en un momento que la propia institución presenta como el de los cincuenta años de la Bienal, cuya primera edición se celebró en 1978. Sonia Hurtarte, directora ejecutiva de la Fundación Paiz, ha planteado la edición no como conmemoración sino como pregunta: qué debe hacer hoy una bienal que habla desde Guatemala y Centroamérica hacia el circuito internacional.
Conviene entonces mirar qué tipo de curador es Medina, porque su trayectoria contiene una respuesta bastante explícita a esa pregunta.

Medina se doctoró en Historia y Teoría del Arte por la Universidad de Essex, en el Reino Unido, tras licenciarse en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 1993 es investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.
Ese origen académico explica buena parte de su método. Entre 2002 y 2008 fue el primer curador asociado de colecciones de arte latinoamericano de Tate Modern, cargo creado cuando el museo londinense empezó a construir de forma sistemática su fondo latinoamericano.
De 2013 a 2024 ocupó la curaduría en jefe del Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM, en Ciudad de México, donde programó a Harun Farocki, Carlos Amorales, Ai Weiwei, Beatriz González, Kader Attia y Raqs Media Collective, entre otros.
A eso se suma una obra escrita continuada. Publica desde el año 2000 la columna El ojo breve en el diario Reforma. Ha firmado libros sobre Francis Alÿs (2022) y sobre el Dr. Atl (2019), además del volumen La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México, 1968-1997 (2014). En 2012 recibió el Premio Walter Hopps a la trayectoria curatorial.
El proyecto que mejor define su manera de trabajar es Manifesta 9, la bienal europea itinerante que dirigió en 2012.
La instaló en un solo lugar: el complejo minero abandonado de Waterschei, en Genk, región de Limburgo, Bélgica, del 2 de junio al 30 de septiembre. La decisión iba a contracorriente. Las bienales de aquellos años competían por multiplicar sedes, y Medina concentró la suya en un único edificio. Lo explicó entonces como un correctivo frente al automatismo que identificaba el crecimiento del formato con la dispersión territorial.
La exposición se organizó en tres capas. Encargos a artistas contemporáneos. Una sección de arte histórico de los siglos XIX y XX sobre el impacto del carbón en la sensibilidad moderna, a cargo de la historiadora británica Dawn Ades. Y un tramo dedicado al patrimonio minero de la región, con participación de antiguos trabajadores de la mina. Katerina Gregos completó el equipo curatorial.
El resultado situó el pasado industrial del edificio en el centro del argumento en lugar de emplearlo como decorado, que es lo que suele ocurrir cuando una fábrica se reconvierte en sala de exposiciones.
En 2018 curó la 12.ª Bienal de Shanghái, titulada Proregress, en la Power Station of Art. Antes había organizado en Lima, en 2002, la acción Cuando la fe mueve montañas de Francis Alÿs, y en 2009 comisarió el pabellón de México en la Bienal de Venecia con el proyecto de Teresa Margolles.

Medina ha defendido públicamente el formato de la bienal en un momento en que buena parte del sector lo discute. Su argumento es que las bienales obligan a descentrar el mundo del arte y abren espacio a prácticas de carácter político y social, precisamente porque están hechas para interpelar a una geografía y a un público concretos.
Esa posición encaja con lo que la Fundación Paiz declara buscar. Hurtarte ha señalado que la elección responde al rigor intelectual y a la independencia curatorial que Medina puede aportar al proceso. El propio curador ha descrito el encargo como un desafío complejo, por tratarse de un acontecimiento que aspira a relevancia cosmopolita y a efectos localizados al mismo tiempo.
El nombramiento tampoco llega aislado. En mayo de 2026 la Fundación Paiz abrió un Centro Cultural con galería y biblioteca destinada a registro, archivo e investigación. Lo inauguró con una selección de más de cincuenta obras de su colección producidas entre 1978 y 2026, con curaduría de Francine Birbragher-Rozencwaig. La colección, de unas trescientas piezas, se inició con la primera Bienal.
Conviene recordar que la Bienal de Arte Paiz nació en 1978 como certamen nacional con premios, impulsada por el empresario Rodolfo Paiz Andrade y el artista Zipacná de León. Solo adoptó formato curatorial en 2008, con su XVI edición.
Desde entonces ha trabajado con curadores internacionales acompañados de comités locales: Nelson Herrera Ysla, José Roca, Santiago Olmo, Cecilia Fajardo-Hill, Alma Ruiz, Gerardo Mosquera, Alexia Tala y Eugenio Viola, responsable de la 24.ª edición. Medina entra en esa serie con una trayectoria en la que la investigación pesa tanto como el montaje.
Falta más de un año para que se conozcan el título, la tesis curatorial y la lista de artistas. Lo que ya está sobre la mesa es una decisión de perfil.
Una bienal que llega a esa cifra podía haber optado por el repaso celebratorio. Ha elegido a alguien cuyo trabajo consiste en discutir para qué sirve el formato mientras lo ejerce.
Queda por ver qué produce ese método aplicado no a una mina belga ni a una megaciudad china, sino a un territorio que lleva medio siglo sosteniendo una bienal propia. ¿Qué puede aportar Centroamérica a una conversación que se escribe casi siempre desde otros lugares?