
El 13 de mayo de 2026, en su casa de Silver Spring, Maryland, falleció Muriel Hasbún. Tenía 65 años. Con ella se fue una de las figuras más relevantes de la fotografía salvadoreña contemporánea y, sobre todo, una de las pocas personas que durante cuatro décadas construyó puentes operativos entre el arte de El Salvador y los museos que definen el canon internacional.
Su muerte llega en un momento de inflexión. En 2026, el arte del país ha alcanzado una visibilidad sin precedentes: primer pabellón nacional en la Bienal de Venecia, obras en la National Gallery of Art de Washington, presencia en la BACA de Montreal. Muchos de esos logros no se explican sin el trabajo previo de figuras como Hasbún, que durante décadas tejieron las redes que hoy sostienen esa circulación.

Muriel Hasbún nació en San Salvador en 1961. Su padre, Antonio Hasbun Zamora, era dentista y fotógrafo aficionado de ascendencia cristiana palestina; su familia dejó Belén a principios del siglo XX para eludir el reclutamiento otomano. Su madre, Janine Janowski (1940-2012), nació en Francia en una familia judía polaca y sobrevivió al régimen nazi escondida en Auvernia. Emigró a El Salvador en 1958 como maestra de los hijos del cónsul de Francia. Allí conoció a Antonio.
Esa triple herencia — palestina, europea, salvadoreña — no fue solo biografía. Fue la materia prima de toda su producción visual. Las fotografías de Hasbún operan por capas: transparencias, superposiciones, imágenes veladas que se dejan ver a medias. Hasbún empleó el concepto de "postmemoria" para describir ese procedimiento: no fotografiar lo que se recuerda, sino la textura del recuerdo. Las arenas volcánicas de El Salvador se mezclan con las cenizas de Europa del Este. La luz del trópico filtra retratos familiares de otro siglo.
En 1979, con el estallido de la guerra civil, Hasbún dejó el país. Estudió un año en París y se estableció en Washington, donde se graduó en literatura francesa, completó su formación en fotografía y se vinculó como docente a la George Washington University. Esa universidad se convertiría en su base durante más de tres décadas, hasta alcanzar el rango de profesora emérita.
En 1977, cuando El Salvador se encaminaba hacia el conflicto armado, Janine Janowski abrió la Galería El Laberinto en San Salvador. Sin museo de arte contemporáneo en el país en aquella época, El Laberinto operó como galería, foro, refugio intelectual y plataforma de lanzamiento. Hasbún creció rodeada de ese mundo. Cuando Janowski falleció en 2012, hasbún decidió que el legado de la galería no podía perderse. Fundó Laberinto Projects, una plataforma multimedia dedicada a recuperar el archivo: documentos, fotografías, testimonios orales de artistas que trabajaron durante la guerra y la posguerra. El proyecto no era solo archivístico. Era una declaración: la historia del arte contemporáneo del país tiene un origen localizable, y alguien debía protegerlo.
Laberinto Projects combinó investigación académica, educación comunitaria y exposiciones itinerantes, conectando a creadores de la diáspora con centros culturales en Washington, Nueva York y otras ciudades. A través de esa plataforma, Hasbún también colaboró con la Casa de la Cultura de El Salvador (Salvadoran Cultural Institute) en la capital estadounidense, donde apoyó a artistas emergentes.

El trabajo fotográfico de Hasbún alcanzó las instituciones que marcan las coordenadas del arte contemporáneo en Estados Unidos. El Whitney Museum of American Art adquirió su obra en 2021. El Smithsonian American Art Museum incluyó piezas de su serie Santos y sombras desde 2011. La National Gallery of Art de Washington, donde recientemente ingresaron ocho obras de artistas de El Salvador donadas por Mario Cáder-Frech, ya contaba con fotografías de Hasbún en su acervo.
Cada presencia institucional fue resultado de años de trabajo: exposiciones, residencias, textos críticos, relaciones construidas con paciencia. Hasbún no solo producía obra; generaba contexto. Cada fotografía suya en una colección abría una puerta para que curadores descubrieran más arte salvadoreño detrás.
El Museo de Arte de El Salvador (MARTE) la definió, tras su muerte, como "figura imprescindible del arte salvadoreño contemporáneo" y destacó su papel como vínculo entre el terruño y la diáspora. No es una metáfora: Hasbún operó, durante décadas, como infraestructura de conexión entre dos mundos que rara vez se comunican con fluidez.

Muriel Hasbún fue enterrada el 20 de mayo de 2026 en un campo santo ecológico en Maryland. La ceremonia reunió a artistas, académicos, diplomáticos y miembros de la comunidad salvadoreña de Washington. Los álbumes familiares abiertos junto a su obra fotográfica resumieron lo que fue su vida: la insistencia en que lo personal y lo colectivo son la misma historia contada desde ángulos distintos.
El ecosistema del arte de El Salvador cuenta hoy con artistas que producen obra de nivel internacional, con coleccionistas que donan a los museos más relevantes del mundo, con instituciones cada vez más relevantes. Pero durante cuatro décadas, una parte significativa del trabajo de conexión — el menos visible, el más necesario — lo hizo una fotógrafa que creció entre cuadros y conversaciones en una galería de San Salvador, y que nunca dejó de mirar hacia el país que dejó a los 18 años. Lo que Hasbún construyó no fue solo un archivo ni una carrera artística: fue una forma de estar entre dos lugares a la vez, haciendo que cada uno le importe al otro.