Cada junio, Ciudad de Guatemala se convierte en el epicentro del coleccionismo centroamericano. Juannio, la subasta de arte latinoamericano fundada en 1964, celebra en 2026 su edición número 62 con un propósito que no ha variado en más de seis décadas: recaudar fondos para el Instituto Neurológico de Guatemala, institución privada que atiende a más de 1.500 niños y jóvenes de escasos recursos con discapacidad intelectual y autismo.
La mecánica combina dos vías. Un concurso abierto, evaluado por un jurado independiente — este año integrado por Lourdes de la Riva, Luis Escobar y Gabriel Rodríguez Pellecer —, que recibió 260 piezas y seleccionó a 40 artistas. Y una selección curada por el Comité Organizador, con apoyo de galerías y coleccionistas, que incorpora firmas consagradas nacionales e internacionales. El resultado: 160 lotes que se subastarán el 9 de junio en el Museo Miraflores.

El jurado otorgó el primer premio a Rolando Madrid por El título, una pieza de la serie "A Rolando Madrid" que combina tinta, litografía, fotografía y grabado sobre papel membretado. El segundo fue para Fredy Rangel con Cuerpo / copia No. 19127748, un políptico de la serie "Ocho horas reproducible". El tercero, para Luis Alejandro González, con Compresión física de las lágrimas, silencios paralelos, de la serie "Estatuas de sal".
El catálogo de este año deja ver, además, cuatro corrientes que atraviesan la producción centroamericana contemporánea.

Varias obras de esta edición utilizan el cuerpo humano — representado, fragmentado o ausente — como soporte de tensiones que exceden lo individual. Xhé (El Salvador, 1992) presenta Lobby, un óleo de gran formato (100×175 cm) perteneciente a la serie "Enjaulados", donde la arquitectura opera como estructura de confinamiento. El título de la serie adelanta su tesis: el espacio habitado puede ser también jaula.
Por su parte, Luis Cornejo (El Salvador, 1979, selección del Comité) ofrece Retrato con blusa a rayas, un carboncillo y acrílico sobre papel donde el retrato funciona como acto de presencia directa, sin mediación digital. El gesto manual del carboncillo registra lo que una cámara no puede: la decisión del trazo.
Fredy Rangel, segundo premio del concurso, lleva esta línea al extremo con su políptico sobre el cuerpo trabajador serializado. Las menciones honoríficas de Fabiola Aguirre (Punto ciego) y Carlos Obed Hernández del Cid (Veneno dulce) confirman que el jurado reconoció esta corriente como una de las más consistentes del envío.

Un segundo grupo de obras trabaja con la memoria como material plástico. Abel Amaya (El Salvador, 1992, selección del Comité) titula su acrílico de gran formato Recuerdos enredados (137×127 cm), una imagen que convierte la memoria en maraña física sobre la tela. Orlando Villatoro (El Salvador, 1992, selección del Comité) aborda el mismo territorio desde la estructura: su políptico El velero, de la serie "Historias en rompecabezas" (160×136 cm), descompone la narrativa en piezas que el espectador debe reensamblar.
Rolando Madrid, primer premio del concurso, opera en esta misma línea con una pieza que utiliza papel membretado como soporte, convirtiendo el documento burocrático en superficie artística. Benvenuto Chavajay, referente del arte contemporáneo guatemalteco, aporta Echar cal, un políptico que interroga los mecanismos de borrado de la memoria colectiva. Luis Alejandro González, tercer premio, completa este ciclo con una referencia bíblica — la estatua de sal — transformada en materia escultórica.

Otras obras negocian la tensión entre naturaleza y abstracción. Álvaro Gómez (Costa Rica, 1964) presenta Fresca caricia, un acrílico de 90×140 cm donde la naturaleza se traduce en sensación cromática en escala amplia. Gabriel Wong (Panamá, 1985) combina velocidad y delicadeza en Galope blossom (90×120 cm): el movimiento del caballo y la fragilidad de la flor coexisten en un mismo plano pictórico.
Alexander Wtges (Panamá, 1983) lleva esta tensión al terreno del diagrama con Jardín_01, un acrílico sobre madera de 30.5×30.5 cm de la serie "Diagramas", donde el jardín se representa como sistema geométrico. Estefanía Arriaza contribuye con dos piezas de la serie "Natura" centradas en hojas, y Fredy Araujo aporta Paisaje acuático, una xilografía sobre papel algodón que devuelve la imagen de la naturaleza al registro manual de la impresión.

En una cuarta línea, el medio técnico deja de ser soporte neutro para convertirse en contenido. Walterio Iraheta (El Salvador, 1968, selección del Comité) presenta Knockout, una impresión de alta definición sobre papel de algodón retablado en cedro (37×37 cm). La pieza convierte la imagen fotográfica en objeto: el retablado en cedro le otorga una presencia material que la pantalla o el papel convencional no permiten.
Giselle Borrás (Colombia, 1977) opera en territorio tridimensional con Habitáculos 3/8, un collage 3D impreso en acrílico de 24×23×23 cm que convierte el espacio habitable en volumen escultórico. En el extremo histórico de esta corriente, Carlos Cruz-Diez (Venezuela, 1923 – Francia, 2019) está representado con Chromointerference manipulable La différence (2011), una pieza cinética que exige la participación física del espectador para completarse. Igal Permuth, con sus fotografías en gelatina de plata sobre papel baritado, aporta el contrapunto documental: la imagen como registro directo, sin manipulación.
El catálogo incluye además firmas históricas como Rodolfo Abularach (Guatemala, 1933-2020), cuyos dos lotes alcanzan los precios base más altos de la subasta ($11.500 y $9.800), Roberto González Goyri (1924-2007), Efraín Recinos (1928-2011) y José Luis Cuevas (México, 1934-2017). Este arco generacional — de los maestros nacidos en la primera mitad del siglo XX a los artistas nacidos después del 2000 — convierte a Juannio en algo más que una subasta: en una historiografía activa del arte centroamericano.
Sesenta y dos ediciones. Una causa que no ha cambiado. Y un catálogo que, año tras año, ofrece la evidencia de que en Centroamérica la producción artística no solo existe sino que se renueva con rigor. La pregunta que Juannio deja abierta no es si el arte centroamericano tiene nivel — eso lo responde el catálogo —, sino cuántas de estas obras encontrarán el coleccionista que las lleve a donde merecen estar.